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jueves, febrero 19, 2004

La eternidad, y un beso 

Aún más sobre Perdidos en Tokio.

Lost in Translation fue pensada y escrita para que Bill sea Bob, al punto de que si Bill no aceptaba, Sofia no hacía la película. Menos mal. Pero hablar sobre Bill es peligroso, porque es un actor sobre el cual es muy difícil decir algo certero. Y esa parecería ser precisamente su virtud: una profundidad tan extensa que uno puede dejarse caer en su encanto sin nunca tocar el duro fondo de llegar a entenderlo, sacarle la ficha, delinear el límite que separa a Bill Murray de Bob Harris (y de Phil Connors, y de Herman Blume, etc, etc). Sin embargo, esa característica es lo que destruye aquella profundidad, pero no convirtiéndola en algo superficial, sino precisamente eliminando esa dimensión como criterio. Así es como Bill Murray se vuelve único, y eterno. No hay mejores y peores personajes. No hay épocas de Bill Murray, sólo hay Bill Murray.
El tiempo visto a través de Scarlett Johanssen también es curioso. Una actriz que nunca terminó de empezar, sólo apareció (y cómo). No lo digo por el primer plano de su culo (aunque también), sino por el último de sus ojos. En The Horse Whisperer, Scarlett tuvo que lidiar con ser un instrumento del ego gigante de Robert Redford. Ghost World tampoco le dio mucho lugar frente a una insuperable Thora Birch. Todo lo contrario pasó con la mediocre An American Rhapsody, cuyos huecos la obligaron a llevar la película adelante por su cuenta. Scarlett también puede ser enigmática, y sorprendente (ella podía hacer que la virginal pianista de El hombre que nunca estuvo termine casi forzando una fellatio sin que resulte chocante o inverosímil). Esa sorpresa fue lo que le valió el calificativo de “ascendente”. Pero desde el tiempo, Scarlett fue eterna. Sus ojos y su voz parecen no haber nacido nunca. La gravedad de esa voz es capaz de atraer un planeta de tristeza, una introspección que su ronco sonido anuncia solemne y seria, pero que su rostro (y la ternura de sus ojos) revela primaria, inocente y, por sobre todas las cosas, natural.
Algo parecido pasa con la escena final: la magia, el amor, Tokio, o como quieran llamarlo, elimina el Tiempo como criterio. No importa cuántos días compartieron Bob y Charlotte, si deberían ser más, o si esos dos ángeles errantes habrán de volver a juntarse o no en el futuro. Su despedida convierte a su encuentro en algo eterno. Una transformación sellada en el instante del beso más hermoso y eternamente inolvidable en años y años de cine. Rodrigo Fresán dijo en Radar que era la mejor despedida desde Casablanca. Y si bien es cierto que siempre tendremos LIT, yo prefiero el silencio indescifrable de Bob y Charlotte al here´s looking at you, kid, sobre todo teniendo en cuenta que ese beso inolvidable fue una improvisación de los actores (Gracias Bill, gracias Scarlett)
Sofía se lleva bien con la idea de eternidad. Sobre todo cuando nace de algo realmente simple, pero fantasioso, como ese amor virgen de aquel grupo de amigos para con las idealizadas y eternas hermanas Lisbon, las vírgenes suicidas. O como esas visiones oníricas y estivales de Lux, arrulladas por la luz del sol y la música de Air. Para las mentes de los chicos de Detroit, Lux siempre fue y será así de maravillosa. Y en LIT, el mundo de Sofía nos dio, otra vez, un regalo eterno. Un mundo de complicidad que Bob y Charlotte crean en su encuentro, nacido de sus ojos, y menos de las circunstancias angustiantes y solitarias que de su propio y auténtico ser.
A Bob y a Charlotte no los une el espanto de la soledad, sino el amor. Y, como Bob y Charlotte, Bill y Scarlett se encontraron en momentos diferentes de su vida. La larga trayectoria por un lado, y la juventud del otro. Pasado y futuro, unidos por Sofia, la más presente de las voces del cine americano, cuya consagración es hacernos entender que la eternidad es eso que existe en el medio de una mirada entre Bob y Charlotte.
Agustín Mango.

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