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martes, diciembre 09, 2003

West Side Story 

La mecha (Argentina, 2003). Dirigida por Raúl Perrone. Con Nicéforo Galván.
ESTRENO
Puntaje: 8. En los diarios:

Un viejito de apellido Galván –el mismo de Late corazón, el anterior (gran) film de Perrone- recorre la zona Oeste del Gran Buenos Aires en busca de una mecha -que dejó de fabricarse- para un calentador. De eso trata esta historia mínima que es la antítesis de la historia mínima del viejito en Historias mínimas de Carlos Sorín, aquel engendro que tanto se ha sobrevalorado aquí, allá y en todas partes. Mientras que Sorín recurría al golpe bajo y a la sensiblería para emocionar, Perrone lo hace con buenas armas. Tanto el protagonista como los personajes secundarios son simpáticos y queribles, y la cámara de Perrone no necesita más que mostrarlos para emocionar.
Este es el tipo de películas en las que aparentemente "no pasa nada" y que son el blanco de aquel grupo de críticos que se empeña en descalificarlas para luego reivindicar a horripilancias como El polaquito, India Pravile y aledaños. Jorge Carnevale lo ha hecho desde su nefasta columna en la revista Ñ de Clarín, mientras que Paraná Sendrós de Ambito Financiero le pone "Buena" pero la mata desde el título de la nota, que es: "Perrone atípico (para teóricos)", una vil mentira. Pero los que piensan que aquí "no pasa nada" es porque no saben ver más allá de la sinopsis del film. Sí, la anécdota de La mecha es ínfima, pero aquí pasan muchas cosas. Y Perrone las filma con lujo de detalle. La cámara sigue a nuestro protagonista en su odisea de un día, y logra hacernos partícipes de ella. Lo vemos a Galván yendo de localidad en localidad, de ferretería en ferretería, encontrándose con su yerno que lo invita a almorzar, viajando en auto, en colectivo, en remis y luego de nuevo en colectivo, y cuando llega el final de la película –cuando Galván llega a su casa- sentimos una ternura incontenible no sólo por el viejito Galván sino por todos y cada uno de los inolvidables personajes que se pasean por el film. Y, como dije, sin sentimentalismos baratos.
Juan P. Martínez.

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